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Una conversación tensa en el Maratón de Madrid

Escuchar cuando todo empieza a ir mal

El día antes de la carrera me sentía... bien.

El sábado fue ligero. Sólo una sesión de activación, suficiente para despertar el cuerpo sin estresarlo. Las piernas respondieron bien, sorprendentemente bien teniendo en cuenta que sólo había sido una semana después de completar el Ironman 70.3 de Valencia. No había pesadez. Ningún signo real de fatiga. Sólo esa tranquila sensación de que las cosas estaban en su sitio.

Estamos listos.

Y por una vez, mi cuerpo no discutió.

Comienza la carrera

Los primeros kilómetros fueron exactamente como uno quiere que sean. Controlados. Cómodos. Casi demasiado fáciles. Madrid aún no había empezado a hacer preguntas.

Pero en algún lugar alrededor de KM 3, pasó algo pequeño. Tuve que hacer una parada temprana para ir al baño. No tenía mucho sentido -ya había ido antes de la salida-, pero me lo quité de encima y seguí avanzando, intentando asentarme en el ritmo de la carrera.

Luego sucedió de nuevo, alrededor de KM 6. Y de nuevo, cerca de KM 8. Fue entonces cuando dejó de ser aleatorio. Fue entonces cuando empezó la conversación.

Las primeras señales

Esto no es normal.

Entraba agua, pero no se quedaba nada.

Agua que entra, agua que sale... ¿qué está pasando?
¿Nos hemos perdido algo? ¿Empezamos mal?

No había respuestas. Sólo señales. En torno a KM 9, los cuádriceps se unieron a la conversación. Apareció una tensión que no debía estar ahí tan pronto. No era cansancio, ni esfuerzo. Era otra cosa.

Demasiado pronto para esto.
Nos falta algo.

No esperé. Tomé sodio. Pausa.

Veamos si esto estabiliza las cosas.

Nada ha cambiado.

Cuando se hace realidad

Por KM 14, la incomodidad se había convertido en dolor. Ahora estaba claro. Esta no iba a ser una carrera normal. Y por primera vez, el pensamiento apareció.

Esto podría no acabar bien.

Respondí de la única manera que podía. Más sodio. Una pausa. Luego un gel.

Tómalo. Dale algo al cuerpo.
Lo que necesite, se lo damos.

Pero las preguntas seguían ahí.

¿Es sodio? ¿Magnesio? ¿Algo más?
¿Por qué no retenemos nada?

No hay certeza. Sólo decisiones.

Un nuevo objetivo y su coste

Cuando llegué a KM 21, A mitad de camino, el plan ya había cambiado. Ya no se trataba de llegar a la meta.

Si llegamos al KM 30... todavía estamos en esto.

Ese se convirtió en el único objetivo. Y en algún punto del camino, algo cambió. No de repente. Sino sutilmente. En la siguiente parada, algo era diferente.

Espera... Eso ya no está claro. ¿Por fin tenemos algo? ¿Empezamos deshidratados desde el principio?

Ninguna respuesta clara. Pero suficiente para seguir adelante. Llegamos a KM 30. Todavía en movimiento. Todavía en ello. Pero ese frágil equilibrio tenía un coste. Después de más de veinte kilómetros ajustando, protegiendo, compensando... la carga empezó a moverse hacia otro lado. Alrededor de KM 32, Hablaron los aductores. Luego los glúteos med. Tensos. Pesados. Sobrecargados.

Por supuesto... Hemos estado protegiendo los cuádriceps todo este tiempo. Este es el precio.

Sin pánico. Sólo conciencia.

La capa final

En KM 35, rodilla unida. Afilada. Claro. Inevitable.

Ese es el tendón. Inflamado.

Pausa.

Esto va a doler más tarde.

Y en ese momento, ya no había negociación. Sólo una decisión.

Estamos terminando esto.

A partir de ese momento, algo cambió. Silencio. La conversación se detuvo. No porque todo estuviera bien. Sino porque ya se había dicho todo. Había escuchado. Me había adaptado. Había tomado sodio, una y otra vez. Pausa. Luego gel. Dándole al cuerpo todo lo que tenía. Y a cambio... me dio justo lo suficiente.

En De la 35 a la 40, no hubo más preguntas. Sólo movimiento. Sólo ritmo. Por KM 41, no quedaba nada que analizar. Y cuando KM 42 apareció... Sólo quedaba una cosa por hacer.


42.195

La verdadera lección

En esta carrera no se trataba de rendimiento. No se trataba del ritmo. Ni siquiera se trataba del resultado. Se trataba de algo mucho más fundamental. Escuchar. Porque tu cuerpo siempre habla. Al principio, susurra. Luego insiste. Y al final, te obliga a prestarle atención. La diferencia no es si las cosas van mal o no.

Lo harán.

La diferencia es si eres capaz de permanecer en esa conversación el tiempo suficiente para responder.

Desde la perspectiva del coaching

Desde el punto de vista del entrenador, aquí es donde el deporte de resistencia se convierte en algo mucho más profundo que el rendimiento físico. Porque lo que ocurrió en esta carrera no es excepcional. Simplemente está expuesto. En el deporte, las señales son más claras, la retroalimentación es inmediata y las consecuencias son tangibles. Pero el proceso en sí es el mismo que experimentamos en la vida cotidiana.

Algo no sale como estaba previsto. El cuerpo -o la mente- envía señales. Aparece el malestar. Aparece la incertidumbre. Y en ese momento, podemos elegir. Para ignorar. Reaccionar impulsivamente. O a escuchar. Escuchar no significa tener todas las respuestas. Significa permanecer presente el tiempo suficiente para comprender lo que está ocurriendo, gestionar la respuesta emocional y tomar la mejor decisión posible con la información disponible.

Eso es autoliderazgo. Eso es regulación emocional. Y eso es lo que, en última instancia, nos permite seguir adelante, incluso cuando las condiciones no son las ideales. Porque el rendimiento -en el deporte y en la vida- no se construye sobre escenarios perfectos. Se construye sobre la capacidad de adaptarse cuando las cosas no lo son.

Reflexión final

Habrá momentos en los que tu cuerpo y tu mente no se pongan de acuerdo. En los que las cosas no salen según lo planeado. En los que la conversación se vuelve tensa. La cuestión no es cómo evitarlo. La cuestión es:

¿Me escuchas?

Y cuando lo hagas...

¿Sabrás responder?